LA ALQUIMIA DE LA RESPIRACIÓN

LA ALQUIMIA DE LA RESPIRACIÓN

La respiración es el puente que une el espíritu y la materia. En la antigüedad, se le identificaba como el espíritu de la vida.

El aliento, es el medio vital de comunicación. Al inspirar, cogemos el aire que nos rodea y al espirar, lo echamos para que el universo lo renueve. La respiración, establece el contacto entre nosotros y nuestro entorno, ya que consiste en un dar y tomar. Así se dice, que la vida comienza con la primera inspiración del recién nacido, entre tiempo, hay un toma y daca, y acaba con el último suspiro del moribundo.

Las prácticas iniciáticas de respiración eran practicadas en China, Japón, Egipto, Caldea, India y Tíbet allá en la antigüedad. Las enseñanzas eran transmitidas de maestros a discípulos. Allá, el “espíritu de la vida”, el chi, ki o prana, era utilizado en prácticas de meditación  activas y pasivas, haciendo de la respiración, una técnica de atención continua para el cultivo de la consciencia espiritual.

La respiración, limpia y energiza el cuerpo y el espíritu. Al inspirar, recogemos y distribuimos la energía vital y al espirar, desintoxicamos el cuerpo. Por medio de la  respiración, obtenemos el oxígeno necesario para mantener nuestros procesos metabólicos en combustión y también, la energía necesaria para vivir físicamente y crecer espiritualmente.

La respiración es el reflejo del estado corporal y anímico. Una respiración profunda, denota una capacidad para aportar vida y fuerza a las emociones, una respiración superficial es causada por una represión emocional, cuyo origen es el miedo y suele manifestarse como un temor a vivir la vida. Este temor da lugar a variadísimas conductas, que van desde el terror, el pánico y la angustia extrema, pasando por todo tipo de emociones destructivas, hasta la tendencia a vivir la vida de forma superficial, banal y carente de sentido.

A nivel físico, a través de la respiración, introducimos en nuestro cuerpo ki, chi o prana; la energía universal. La profundidad y frecuencia de nuestro patrón de respiración determina nuestro nivel energético y nuestra consciencia psico-somática y espiritual.

El dióxido de carbono suele tender a acumularse en los pulmones, y si la respiración no es profunda, provoca una sensación de pesadez, cansancio, aturdimiento e incapacidad de permanecer alerta. Por eso, el estado de observación consciente es difícil y el darse cuenta no fluye. Si permitimos el fluir corporal, la electricidad interna se moverá desde los dedos de los pies hasta la cabeza, y si otorgamos total libertad a esta energía, nos volvemos físicamente cada vez más ligeros y mental y espiritualmente más conscientes.

Si quieres aprender a respirar, entonces, lleva la atención a tu vientre y siente cómo se hincha y se deshincha como si fuera un globo. Inspira y deja que la parte baja de la espalda, los dos costados y el vientre se llenen de aire, espira y relaja tu cuerpo llevando la atención al vientre y a la zona del ombligo. Después de un tiempo, leva la atención hacia los pulmones, y siente cómo al inspirar, se va llenando la cavidad inferior de los pulmones. Sigue respirando hacia las costillas, para que la caja torácica se ensanche y acaba llevando el aire hacia las clavículas, rotando las clavículas y los hombros hacia atrás, para llenar totalmente los pulmones. Luego espira relajando todo el cuerpo y llevando la atención al ombligo. Respira profundamente llenando las tres cavidades de los pulmones, hasta que tu cuerpo se acostumbre a una mayor cantidad de oxígeno, entonces, haz la respiración completa. Empieza llenando la zona baja de la espalda, los dos costados y el vientre de aire y sigue inspirando hacia los pulmones y los hombros. Siente tu cuerpo entero  totalmente abierto y lleno de energía. Al espirar, relaja y descansa. Mantén la espalda recta y los hombros relajados. Respira conscientemente mientras estés realizando cualquier tarea cotidiana.

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