Miedo, Ansiedad, Aceptación, Matríz del Alma

El miedo es la anticipación a la sensación de dolor y por tanto, una protección para no sentir la intensidad de ese dolor. La persona que no desea entrar en el dolor, se enfurece o se colapsa y se deprime en vez de mirar cuál es su sensación interna y su necesidad de amor, aceptación, comprensión y valoración.

El miedo ancestral es el miedo genético que preserva la supervivencia como persona, tribu y como especie. El miedo en su sentido más profundo, es el miedo a la propia extinción y es la reacción a la herida de sentirnos separados de la totalidad. Este miedo genera su propio sistema de retroalimentación y mantiene la fuerza vital oprimida en nuestro interior. El miedo baja la frecuencia energética y alimenta la sombra, que es nuestra memória genética; el legado colectivo de nuestras líneas de sangre. Cada ser humano lleva en su genética la memoria evolutiva de la humanidad, de su tribu y la suya propia.

Los miedos, nos conducen a encarar las sombras y abrirnos al proceso de transmutación interna, para alcanzar un cambio de consciencia que nos alinie con el verdadero sentido de nuestra existencia.

Si el dolor emocional que sentimos es demasiado fuerte, lo primero que se nos ocurre es desconectarnos de él. Contraemos el cuerpo, contenemos la respiración y sostenemos la situación como mejor podemos. Levantamos una coraza alrededor de nuestro dolor y nos defendemos a través del miedo, manifestándonos desde la rabia o la tristeza.

La persona por el impulso de su propio instinto, tiende a buscar el amor y evitar el dolor, pero a veces, cuando el dolor es muy fuerte, la dirección de evolución cambia de sentido y la persona tiende a esperar y provocar el dolor y a evitar el amor. Cuando esto ocurre, se establece en la memoria celular un nudo y en nuestro ADN se manifiesta la dinámica de la dualidad.

Ante situaciones de enfurecimiento o colapso, sentimos la sensación interna de no ser amad@s, la persona se aisla, entra en contacto con su interior,   vuelve a respirar y acepta la situación. Entonces, puede entrar en su vacío interior para escuchar la voz de su instinto, escuchar su sentimiento y la necesidad subyacente y desbloquear su verdadero potencial, para seguir descubriendo y caminando en las distintos niveles de ese miedo y ser consciente de las ilusiones que están impidiendo la disolución del Ego. Al observar y darnos cuenta de lo que nos ocurre mental y emocionalmente, la materia física del cuerpo se libera de su opresión, y las células del cuerpo liberan su tensión y se recargan de energía, transmutándose en frecuencias más altas de luz. Cuando tenemos la fuerza y el valor de sentir el miedo, respiramos y sostenemos en aceptación incondicional la reacción química en el cuerpo, hasta que llega un momento que la respiración toma el mando, y la persona se abre a la consciencia de sus viejas heridas, entonces reconocemos lo que hay, sentimos conscientemente la propia sombra y la transmutamos en luz.

La ansiedad proviene de una sensación interna de temor, esto nos lleva proyectar, anticipar o disiparnos. En cualquier caso, mantenemos la mente ocupada y evitamos el contacto con el sentimiento. El problema no está en el hecho de no hacer caso a los sentimientos negativos, sino en no procesarlos e integrarlos completamente. Evitamos el contacto con el sentimiento y anticipamos, nos obsesionamos, queremos controlar, nos enfadamos, criticamos, juzgamos y manipulamos.

Las imágenes, pensamientos, sensaciones corporales, olores, sonidos, emociones y convicciones que uno se hace acerca del mundo y de un@ mism@ se almacenan en un sistema de neuronas que adquieren vida propia y se anclan en el cerebro emocional, el cual es activado mediante recuerdos. Estas imágenes, recuerdos y sensaciones, penetran por los ojos hasta las células del hipotálamo, que regula el cerebro emocional a través de la secreción de hormonas en el cuerpo. El hipotálamo activa el cerebro emocional localizado en el Sistema Límbico, en el centro del cerebro y como el Sistema Límbico es el encargado de supervisar las reacciones de supervivencia y las emociones, cuando la amigdala detecta un miedo, bloquea el circuito del pensamiento lógico y la conducta emocional, el hábito, la creencia y la emoción negativa se repiten una y otra vez. La capacidad de acción se bloquea y la batería del cuerpo baja, entonces perdemos nuestro equilibrio interno, nuestro centro, nuestra frecuencia energética y nuestro arraigamiento.

Si no estamos centrados, en estado de coherencia interna, nuestro campo electromagnético se debilita y nos dejamos llevar por nuestros automatismos.

Cuando el corazón siente algo y la mente y el cuerpo no le acompañan, perdemos fuerza en el campo magnético y perdemos la dirección de nuestra intuición.

El campo magnético de la tierra está conectado al campo magnético del corazón y los campos magnéticos están en relación con el grado de consciencia de cada un@. Asi cada un@ elige y vive una situación de sufrimiento o bienestar según su grado de coherencia interna.

Cuando la mente se pone al servicio del corazón, nos volvemos creativos y desarrollamos nuestros recursos internos, para manifestar aquello que deseamos en nuestra vida cotidiana.

Al tomar consciencia de nuestras sensaciones corporales, emociones y creencias, evitamos las distracciones externas y entramos en un estado de consciencia amplificada. Cuando en cambio interpretamos el mundo, quedamos atrapad@s en nuestras creencias y el círculo de dolor y sufrimiento se repite, pues proyectamos hacia fuera y hacia los demás, lo que no aceptamos, criticando la situación o las personas. El Ego cree tener la razón, nos bloquea y no nos permite acceder al inconsciente y el inconsciente, que es la puerta que nos conecta al campo cuántico queda cerrada.

Cuando estamos en estado de rabia, miedo o tristeza, luchamos, proyectamos los juicios, sufrimos y reforzamos el dolor.

Sólo atravesándo el dolor conectamos con nuestro potencial y nuestra creatividad.

Al aceptar y reconocer nuestras crencias y emociones, desarrollamos el coraje y la valentía para mirar conscientemente la propia sombra. Al aceptar, la energía empieza a fluir y se activa la sincronicidad

 del universo interno, que nos permite experimentar en un mayor grado de confianza. La aceptación nos ayuda a considerar qué nos pasa y qué necesitamos, conectándonos al momento presente.

 

Los Principios Universales:

La expresión del amor universal se manifiesta del siguiente modo: primero se experimenta la situación vital a solventar la cual produce dolor y sufrimiento. Esto promueve la observación, atravesar las emociones y discernir para evolucionar, hasta que la persona es capaz de manifestar su verdadera naturaleza; el amor y el estado de paz interior. En este proceso, la persona se hace responsable de su propio sufrimiento, acepta, transforma sus heridas y abre el corazón, sabiendo que cada persona o situación que se le presenta en la vida, es parte de su proceso de evolución hacia la integración en la consciencia de la totalidad.

La vida es consciencia en luz y amor manifestándose en movimiento y vibración. La consciencia es la que pone en movimiento la energía y la materia.

Cuando el ser humano se vuelve consciente, desea averiguar quién es y conocer su conciencia, en este camino sólo dispone de la observación de su mundo interno y de lo que proyecta y acontece en el mundo externo.

El ser humano es fuerza vital que proviene de una fuerza motriz. Esa fuerza vital se manifiesta en todo lo que existe; universos, galaxias, estrellas, planetas y seres vivos. Es una fuerza inteligente que se exterioriza en múltiples dimensiones y realidades.

El ser humano se manifiesta en tres niveles: físico, mental y espiritual, y para fluir y evolucionar, ha de entender e integrar en su funcionamiento, los principios fundamentales que rigen la consciencia:

El principio de la unidad de todo lo que existe en luz, amor y consciencia.

La capacidad de la mente y el sentimiento de crear y transformar el mundo material según el grado de consciencia y sabiduría.

El conocimiento del efecto reflejo, sabiendo que todo es reflejo de todo y que el universo está codificado en nuestro ADN.

La constatación de que todo se mueve y vibra. El poder del pensamiento junto con el sentimiento y la palabra, emiten una vibración y tienen la capacidad de generar un cambio en el entorno.

La consciencia de que los opuestos son idénticos en naturaleza pero diferentes en grado, así, los opuestos se tocan y pueden reconciliarse en el camino del medio.

La observación de que toda causa tiene su efecto y todo efecto tiene su causa, así, la energía sigue al pensamiento y el sentimiento, que se materializa según los deseos y creencias.

La certeza de que la energía se manifiesta en diferentes planos, desde los más sutiles hasta los más densos.

La vivencia de que todo fluye en periodos de avance y retroceso, siguiendo su propio ritmo y en diferentes etapas, en su proceso de materialización.

El entendimiento de que todo lo que existe es energía en vibración, la cual genera un campo electromagnético emitiendo ondas y energía. Esa energía primordial esta presente en cada ser humano y en todo lo que existe, permitiendo una interacción global en función del grado de vibración y consciencia.

 

El centramiento en el corazón: la matríz del alma

El corazón energético es una dimensión atemporal de la consciencia donde todo confluye aquí y ahora. El corazón genera su propio campo de energía electromagnética en forma de tubo toro. El campo toroidal electromagnético emerge del espacio sagrado del corazón y contiene la vibración sutil del amor, energía que comunica todas las dimensiones. Esta vibración es el sagrado OM que conecta en la vibración de amor, la conciencia de la madre tierra, el sol y nuestro espíritu. La respiración de la unidad, crea la vibración en el interior del cuerpo y nos permite conectar con el espacio sagrado del corazón, el lugar donde se manifiesta la creación. La chispa divina que habita en este espacio, posibilita la interconexión de todos los corazones y el acceso a todas las dimensiones del universo. En este espacio, el corazón y la mente se unen, para crear la realidad que deseamos vivir.

El corazón es el sol central de nuestro ser, la fuente de la luz. Aquí somos uno con Dios. En este espacio abrimos la puerta de nuestro espíritu, reconectamos con nuestra propia chispa divina y encendemos el fuego interno de la transformación.

Entre el chakra del corazón y el chakra de la garganta hay un pequeño canal de luz que permite la comunicación del alma con la consciencia. En el centro de este canal está la glándula Timo y junto con el punto Kiristi entre los dos omóplatos y el punto de enraizamiento del alma y del espíritu situados en el pecho, en los puntos de Estómago 14 en Medicina China, conforman la matríz del alma.

La Matríz del alma permite que hagamos el proceso de discernimiento y nos comuniquemos desde la verdad de nuestro corazón. En esta zona se arraiga la energía sabiduría-amor que nos permite conocer nuestra misión de vida dentro del plan cósmico. En esta zona se asienta el patrón holográfico de nuestra alma y su forma geométrica es la de un mandala multidimensional capaz de interconectar las diferentes dimensiones de la consciencia.

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