MINDFULNESS DEL CAMINANTE

MINDFULNESS DEL CAMINANTE

En las montañas de Río Alegre, vivía un joven en una cabaña de madera. Era conocido como el alma que unía el cielo y la tierra. Un día, la madre tierra le pidió que llevara su sonido a todos los corazones  de los hombres y mujeres de la tierra. Sentado bajo un árbol, el hombre recibió el sonido en su pecho, hasta que se quedó dormido. El sonido penetró hasta su vientre y se adentró en el útero de la tierra. Cuando despertó, sintió la necesidad de expandir ese sonido. Preparó su mochila y emprendió el camino hacia el norte, guiado por su estrella y su intuición. Sintió su consciencia sincronizando cuerpo, mente, emociones y espíritu en un solo ser y experimentó el significado de la presencia. La atención centrada en el camino, la percepción se le abrió 180 grados. Se sentía integrado con la naturaleza, hijo del universo, guiado por la claridad de su interior. Sentía la confianza del caminante, acompañado de su atención e intención. Atravesó las llanuras y ríos, hasta llegar a los bosques, pero en la medida que se adentraba en el bosque, el camino desaparecía y las lianas, árboles y malezas, empezaron a cruzarse en su camino. Sacó su machete y cortó todas las lianas y malezas que pudo, pero ya estaba anocheciendo y el bosque parecía interminable. Finalmente, tuvo que tomar la decisión de acampar de noche en el bosque. Hizo una fogata para ahuyentar a los animales, pero no tardaron en acercarse a él. Aterido de miedo, amenazado por todos los ojos brillantes mirándole al unísono, se sentó cerca del fuego, machete en mano, respiró profundamente y cantó la canción de la madre tierra. Se sentía entregado, receptivo como un cuenco, aceptando la muerte bajo la luz de las estrellas. Su canto se expandió, en círculos de ondas cada vez más lejanas, y los animales recibieron la vibración de la onda de amor, sonido del corazón de la tierra y aullaron, bramaron y cantaron toda la noche hasta el amanecer. Esa noche el joven despertó a la consciencia del ahora. Aprendió a comunicarse, empatizar y escuchar. Aceptó su destino y su fuerza original despertó. Percibió que el universo le apoyaba y guiaba y se sintió arropado, querido, un miembro integrado, respetado y reconocido. Entendió que la capacidad de mantenerse presente y consciente, era lo que le iba a proporcionar la experiencia interior de estar sincronizado. Esta sensación le despertó la ilusión de su corazón, la luz de la consciencia resonó en su interior y su visión se abrió hasta los 360 grados. Era capaz de ver y sentir como una totalidad, una unidad en acción, y escuchó el sonido de los árboles, los animales del bosque y el agua. Sintió la tierra protegiendo sus pasos y el cielo, cobijando su cuerpo. Se reconoció como el hijo del sol y la luna y emprendió su camino, sabiendo que lo que a primera vista parecía peligroso, costoso y agotador, tenía el propósito de hacerle parar y sentir, pues era la forma de unificarse y confiar. Ahora, libre de miedos y obstáculos internos, caminó de norte a sur, de este a oeste, hasta expandir el canto del corazón, allá donde la vida le llevó. Un día descansó plácidamente, durmiendo bajo unas rocas. A la mañana siguiente, cuando despertó, vio una grieta entre las rocas y decidió adentrarse por la fisura. El espacio fue abriéndose paulatinamente, hasta llegar a un espacio abovedado, lleno de estalactitas y estalagmitas. La temperatura era acogedora. Decidió tumbarse, se recogió como un bebé y quedó escuchando el latido de la tierra. Ese latido se adentró en su corazón y se expandió hasta los últimos confines del universo. Entonces, entendió la humildad de la sencillez y el gozo del corazón, cuando uno, simplemente confía, se entrega, siente, se expresa, sintoniza, vive el presente y disfruta el sendero de su vida.

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